Casta parasitaria • Castaparasitaria

RAJOY COMPROMETE SU PRIMERA ENTREVISTA COMO PRESIDENTE
CON LA PERIODISTA MAGDALENA DEL AMO:
“ Cuando sea Presidente de Gobierno tendrá usted la primera entrevista como Presidente del Gobierno. ”
(16 de junio de 2005. Véase minuto 16:20 y ss. de la entrevista).

Páginas del Blog

6 de febrero de 2010

El Juramento hipocrático en la U.C.I. del Hospital Provincial de Conxo

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-Por Roberto Malestar

Para algunas personas, la U.C.I. no es más que el acrónimo hospitalario de la Unidad de Cuidados Intensivos; para otras, en cambio, el dramático lugar —no siempre necesariamente trágico— en el que los goteros de ultimidades, monótonos e impertérritos, acompasan friamente los segundos, minutos y horas de la vida del ser querido: aquél sobre cuya postración inconsciente alquitara el destino su próxima sentencia.

Uno de los signos de la aceleración desquiciada de los tiempos, del desvivir del actual vivir, es el uso indiscriminado y, sobre todo, destemplado de acrónimos, las mayor parte de las veces, sin otro principio ni fin que el de permitir escaquearse, vulgar y pusilánimemente, a quienes de ellos abusan exhibiendo territorio y pedigrí profesional. Pero ante la posibilidad efectiva de un desenlace indeseado para el ser querido postrado en una unidad de cuidados intensivos, la febril aceleración de los tiempos se encoge sobre sí misma: cruje primero y se detiene después, como el mecanismo del más perfecto y reluciente reloj enmohecido de repente por todos los óxidos del universo.

Todo el frío de las agonías de adentro invade, en las U.C.I., sus antesalas de afuera, en las que lo único templado es el café de las máquinas expendedoras, donde, por apenas un euro, pueden los deudos próximos comprar el calor que tan cruelmente les niegan algunos eviscerados indolentes del Sistema.

Sobre la agonía de un hombre ilustre, José Ortega y Gasset nos dejó sugerentes páginas escritas en 1925, no por breves menos memorables, que él mismo dio en titular: «Unas gotas de fenomenología», y cuyo primer párrafo comienza con aquello de …:
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24 de septiembre de 2009

Las malas lenguas de España

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-Por Roberto Malestar

Por esta bendita y sufrida esquina ibérica, Galicia, “alporizado” (para que se entienda: encrespado, en la lengua de la clásica picaresca), “levado do demo” (en manos del diablo) te anda algún pícaro galaico de godo y charnego apellido: José Luis Gómez. Charnego que lo fue en efecto, durante años, en la misma y sufrida Cataluña de la que tan a menudo se sirve utilitariamente, en una especie de como tauromáquica suerte, para rejonear a los “espanholistas” infieles a la “Galiza” de sus amigos (pese a escribir que «en Galicia, al gallego se le llama portugués, especialmente por parte de quienes han rebautizado Galicia con el espurio lusismo “Galiza”»; apreciación con la que no puedo estar más de acuerdo). La “Galiza” de los “xurxos”, que como mucho, ¡como mucho!, representa al diez por ciento del pueblo gallego.

—Pero oiga, ¿es que el diez por ciento de un pueblo no es importante?

Con la excepción de su íntima demagogia, la pregunta, así planteada, dice muy poco —menos, si cabe, intelectualmente— de quienes la cursen en tales términos: es una interrogación sin sentido; tan sin sentido como una dirección terrestre carente de él. Una interrogación indeterminada, ausente de la más mínima especificación, cuando, en rigor, la especificación constituye el contenido efectivo de toda posición real —incluso de las posiciones imaginarias, que, por su in-sistencia, también son reales, a veces más que las que gozan de pública ex-istencia—, de manera que, ontológicamente, toda posición indeterminada, privada de especificación, constituye un vacío infundamentado sin otro cimiento que el del vacío mismo, en tanto que, en el orden propiamente político, un socavón de lacerantes lanzas para quienes, hundiéndose en él, no se resistan a husmearlo.

¿Qué sentido tiene eso del “diez por ciento de un pueblo”? ¿El diez por ciento para qué: para las virtudes o para las sandeces? Desde el punto de vista de las pasiones y la demagogia, más lo tendría desde luego si, en lugar del diez por ciento, se nos preguntase por el noventa restante. Lo cual, por cierto, no significa que la parte mayor esté más cualificada racionalmente. “A moneditas” quizá se venda la política, al kilo y hasta por toneladas —cuantitativamente—, mas no la razón, cuya cualitativa plaza no es precisamente la de abastos, ni, mucho menos, la de las subastas políticas, sino, en rigurosísimo y stricto sensu, “la del ágora”: el medio propicio para lo que, en plena dictadura de Primo de Rivera, Ortega explanaba como “curiosidad de intelección” y “afán de salvación”; la plazuela, si se quiere, de las verdades incipientes (paradójicamente, Ortega, para poner a caer de un burro al héroe máximo de las plazuelas: Sócrates).
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23 de septiembre de 2009

Homilía funeral sobre el socialismo español

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-Por Roberto Malestar

(Cfr. «Sobre los dos PSOEs y la «Carta ética de la Internacional Socialista» (I)»)

Queridísimos hermanos, camaradas amantísimos, deudos todos del próximo difunto: jornada aciaga donde las haya, hic et nunc, nos encontramos hoy ante el cuerpo insepulto, trémulamente palpitante todavía, del socialismo español.

Qué decir, qué deciros a vosotros: Marías Antonias, Enrics y Margaritas, Pepes Bonos, Pepes Blancos, Peces-Barbas, fraternales Gabilondos, Chaconas y Pajines, camarados y camaradas; Bibianos todos de la high life parasitaria; heteróclita e incongruente carcoma del legado de nuestro santo laico —“ora pro nobis”— don Pablo Iglesias: cristianosocialistas, opusocialistas, republicanomonárquicos siempre del sol que más calienta (con Franco y sin él).

Os agradezco de veras que hayáis pensado en mi alocución al convocarme en tan infausta circunstancia. Mas para qué, ¿para qué me convocáis ahora, en la hora declinante de las postrimerías? ¿Qué deseáis, en rigor, escuchar de mí? ¿Acaso el como eco de vuestras patéticas consignas y reiteradas oquedades verbales? He de deciros, de ser así, que vuestra parroquia ha errado con el oficiante elegido.

Si todo moribundo merece el máximo respeto, no seré yo quien prive del suyo a este socialismo de casi cuerpo presente. Porque es un hecho cierto que el socialismo español, cuya originaria autenticidad ha venido siendo histórica y progresivamente expropiada por un hatajo de estafadores de la vida pública causantes de gravísimos perjuicios patrimoniales a su propio pueblo mediante engaño y con ánimo de lucro, precisamente por ello, se bate hoy consigo mismo, a horcajadas de la vida y la muerte, postrado en la ultimidad de sus estertores. Tal que un sucedáneo del chocolate, un socialismo declinado en “socialdemocracia” —como no podía ser menos cuando, inexorable, la Historia misma le vapuleó las narices con su clase media— y que viviendo, entre otros cuentos, del cuento de un inexistente pasado ético precisa hoy de la bufonada extemporánea de pañuelos rojos e “Internacionales” —cánticos de beata rancia para enmascarar su obsceno, tantas veces endogámico, insultante y ya indisimulable señoritismo.

Hay muertos que mueren de pura ofensa. Y según la doctrina esparcida por Madame Necker en las jornadas precursoras de la Revolución Francesa, las palabras ofenden más que las acciones, el tono más que las palabras y el aire más que el tono, como lúcidamente recordaba el noventayochista Grandmontagne, en su sugestivo ensayo sobre «El cariño y el amor». Pues que precisamente de ello, y al margen de su exacerbado cariño por lo crematístico, de amor —auténtico amor social y por la patria, es decir, por los compatriotas que integran su cuerpo social— es de lo que, agónico, adolece nuestro socialismo; hoy, tan ex-obrero como español a beneficio de inventario: “socialismo” pura, dura y sangrantemente financiero: paradoxa paradoxorum, socialismo capitalista; “socialismo” donde no cabe otro progreso que el de los horteras nuevos ricos. ¡He ahí, amadísimos cofrades, bajo la pública periferia de los capullos, las espinas de la rosa!
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29 de junio de 2009

De las aguas corrompidas (Para "la memoria histórica").

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-Por Roberto Malestar

En el anterior y predemocrático régimen político español, de donde procede el abertzalismo homicida vascongado —ETA con su pringue social—, la libertad de la persona ni era efectiva ni era recíproca. Desde el nacimiento del régimen hasta su extinción, la libertad personal permaneció políticamente cercenada, y sin libertad política no es posible la libertad personal.

Ahora bien, en la hipótesis de una democratización anticipada en dos o tres quinquenios a la denominada Transición, el problema de la libertad política no tendría por qué haber sido la prohibición y exclusión de los partidos pro soviéticos o pro dictatoriales de la hoz, el martillo y los capullos de “La Internacional” (como abiertamente lo fueron el PCE —hasta al harakiri carrillesco de la bandera y el Rey, tan suo modo parejo al de los procuradores en Cortes— y el PSOE, “marxista” en tanto no saboreó, y de qué manera, las mieses del Estado), sino la prohibición y exclusión de todos los partidos; por tanto, también, de los partidos auténticamente democráticos, reacios siempre a cualesquiera regímenes e ideologías de naturaleza dictatorial, comenzando por los comulgantes en la fe de la ecclesia rubra (iglesia roja), cuyos prebostes y oficiantes, fieles a la liturgia moscovita, predicaban extemporáneas homilías sobre bruñidos y desclasados “Paraísos”.

Se trataba de enraizar en España el gregarismo de la Colmena socialista y comunista —tanto monta monta tanto, más allá de los socorridos melindres dialécticos—, a imagen y semejanza de las paradisíacas abejeras de la órbita del “telón de acero”, pletórica de esclavizados enjambres con muchedumbres de obreras cautivas laboreando para la Gran Abeja, reina de los apareamientos urdidos en el pudridero de la Komintern. Regímenes en los que a una casta facinerosa de elegidos, presuntuosamente ateos y camaradas —“coleguillas”, como se diría hoy—, no le resultó difícil, sin embargo, vivir religiosamente, “como Dios”, a costa de sus respectivos pueblos, a los que tanto daño infligieron y tan prolongadas hipotecas sociales y económicas legaron. Repare el lector, si no, en la centrifugación histórica de la ex Yugoslavia, o en la tragedia del pueblo rumano trágicamente condenado a un éxodo de varias generaciones.
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15 de junio de 2009

Astracanada: El País desnuda a Zapatero (II)

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-Por Roberto Malestar

Muy estupefacientemente, en «Berlusconi al desnudo» —sublime editorial del diario amigo que vengo comentando—, mientras nada es lo que parece, todo lo que parece resulta ser, sin embargo, algo. Intentaré, no obstante, hincarle algún diente a tan superferolítica y ontológica cuestión, en cuyo seno de realidad las fotografías no son fotografías, sino “imágenes”, y las imágenes, por más que fotográficamente imaginen excitados “cavalieri”, ¡tampoco son fotográficas!

Ello porque, desde ahora, en la más reciente doctrina de los sabios que editorializan tras las bambalinas de El País, “las imágenes” transgresoras de las intimidades de los primeros ministros ya no desvelan su privacidad, sino sus derivas autoritarias.

El esoterismo del asunto estremece prima facie, y sin embargo, ¡es tan fácil de entender…! Sólo hay que reparar en “la última hora científica” que presta fundamento al ya internacionalmente conocido editorial, como corresponde al "periódico de los intelectuales": estar siempre a la última. Nos referimos a la Teoría del Huevo Único de Franco (con mayúsculas, por si acaso), según la cual el Generalísimo fue monórquido. Más que monárquico, en rigor, juancarlista, como Enrique Sopena. Esto es, ab ovo (partiendo del huevo), monárquico desde los Principios del Movimiento.

Mira tú que novedad: ¡que el Caudillo era monárquico!, cuando sabido es de todos que don Francisco fue tan “monórquido” como su valido, don Juan Carlos, “francó-fono” —por lo menos mientras se dio la sazón: cuando por empleo, jornal y porvenir se dedicaba a jurar principios por las Cortes del harakiri. Pero lo que no sabíamos, he aquí la novedad, es que el Caudillo fuese ciclán, o sea, monocojón, lo cual, por lo visto —por lo que viene a decirse que no se le veía— podría explicar esa su “teima” galaico-gaitesca de hacerlo todo, compensatoriamente, “por cojones”, y no sólo, como hasta el presente presumían los nostálgicos, “por la patria”.
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