Casta parasitaria • Castaparasitaria: Epístola a Dani, el agnóstico de la laicidad (II)

RAJOY COMPROMETE SU PRIMERA ENTREVISTA COMO PRESIDENTE
CON LA PERIODISTA MAGDALENA DEL AMO:
“ Cuando sea Presidente de Gobierno tendrá usted la primera entrevista como Presidente del Gobierno. ”
(16 de junio de 2005. Véase minuto 16:20 y ss. de la entrevista).

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1 de octubre de 2011

Epístola a Dani, el agnóstico de la laicidad (II)

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Por Roberto Malestar

Véase «Epístola a Dani, el agnóstico de la laicidad (I).»

DELIRANDO (ENTRE PASOS Y CATEDRALES)
Siento tener que decirle por otra parte, Dani, que su prepotencia sólo es superada por su manifiesta imbecilidad. Porque lo vergonzoso no es lo que, con razonable tino, ha dejado escrito Magdalena del Amo en su artículo. Si se fija bien, lo verdaderamente vergonzoso es el conjunto de imbecilidades espumadas por usted desde el cráter de una boca frenopática. He dicho imbecilidades, ya que, en cuanto ideas, no hay báculo racional que las sostenga. Como ya usted sabrá, nuestro vocablo “imbécil” procede precisamente del latino “imbecillus” (ineficaz y estéril), derivado a su vez de “in-baculum”: lo que por carecer de apoyo apenas se sostiene. No por otra razón, por ser un delirante en su propia estulticia, también llamaba el romano delirus y stultus al imbécil. Por el contrario, el bacullum es justamente lo que, para su pastoreo ecuménico, lleva el Papa. Nada de baladí hay en el asunto si se considera que la encrucijada “del llevar y el no llevar”, “del tener y el no tener”, es el lugar donde florece la moral del resentimiento.

Aunque ya no se trata tanto de la vergüenza provocada por sus imbecilidades como de la vergüenza ajena que producen sus extemporáneas intervenciones. Extemporáneas e insultantes. Pues ya me dirá usted, si no, a cuento de qué viene expresarse con tan groseras maneras ante quienes, por decirlo así, no comulgan con “su ideario”:

—«Sra. Del Amo, manipula ud. la realidad de manera vergonzosa.»

—“Kalikatres, realiza ud. un batiburrillo donde mete todo sin ton y son y demuestra una profunda confusión mental.”

—«Kalikatres, ya veo que ud. no quiere razonar y sólo dice simplezas.»

—«En Madrid también hay mucha gente que ni espera al Papa ni le interesa lo más mínimo lo que dice.»

—[El Papa] «sólo es el jefe de una secta ultrarreaccionaria y anacrónica donde abundan los escándalos de pedofilia y que se dedica a dar lecciones a los demás.»

Usted sí que pertenece a una secta ultrarreaccionaria y anacrónica. Basta con leerle para percatarse de ello inmediatamente. Veamos:

«En Madrid también hay mucha gente que ni espera al Papa ni le interesa lo más mínimo lo que dice.» Bien, ¿y qué? ¡Ah, ya le entiendo!: quiere decirnos que, en vez de esperar al Papa, ha preferido usted irse a la playa, y por ello nos escribe, para comunicárnoslo. ¿Le parece a usted pertinente que todos los que, en vez de esperar al Papa por tener otras preferencias, actúen como lo hace usted: escupiéndoselo en la cara a cuantos han preferido esperarle? Si en ninguna parte del citado artículo se conmina a nadie a esperar al Papa, ¿quiere usted decirme a qué responde la vulgaridad de sus impertinencias? Porque ya sólo faltaba que pretendiese que a este orín suyo completamente fuera de tiesto se le tenga por argumento.

Y puesto que emplea su esfuerzo y tiempo para intervenir ante los demás con los propósitos que le mueven, tampoco le extrañe que los demás, sin mayores esfuerzos, entiendan que a usted sí le interesaba la visita del Papa, a quien sin duda supo esperar como agua de agosto, tácita y pacientemente, con la moral propia del cazador de moscas hemipléjico que, después de no haber atrapado la primera, se desquita exudando un ramillete febril de estolideces. Entiéndame bien y no se ofenda, que siendo el tonto necesario, nada tengo yo contra su especie. De hecho, sin despreciarlo ni olvidarse de él, acordó Dios, nuestro Señor, realojárnoslo sobre la tierra. De manera que no sólo a la divina gracia se debe el nacional-catolicismo, como usted mismo advierte, sino también, desde el orto de los tiempos, el tonto con su tontidad. Más si cabe, el tonto sin remedio, el tonto redomado, el tonto en fin como usted: tonto para su desgracia por la gracia de Dios. Y ya mencionado Éste, decía precisamente el autor de «¡Dios a la vista!» —don José Ortega y Gasset— que el tonto también es necesario «y sin duda es preciso aprovecharlo, pero que no estorbe, como en los circos.»

Claro que en España no es usted el único. Otro tonto por la gracia de Dios —en este caso para desgracia nuestra—, ya fatalmente incorporado a los anales de nuestra Historia, es El Hechizado: el Sr. Rodríguez Zapatero; el mismo que desplomó la lona del neoconsocialismo español, por no querer o no saber apartarlo de su pública pista de títeres y payasadas los gerentes del Gran Circo de la corrupción nacional: el PSOE de las JONS. —«¡Menudo tonto!», me exclaman a tergo: «¡un tonto prejubilado con asiática canonjía de por vida!» Es que hay tontos y tontos. De hecho, si se repara bien, pintoresco y patético, en el álbum zoológico del tonto ibérico descolla sobremanera ante nuestros ojos el cromo del tonto listo. Sin excluir otras, tiene ello una explicación: el inolvidable discípulo de Ortega, Julián Marías, decía que «los malos pueden ser listos, pero no inteligentes.» Lo recordaba Enrique González Fernández, su amigo y compilador de los últimos años del filósofo —sin olvidar la amistad del joven discípulo italiano Francesco de Nigris— en un largo artículo cargado de humanidad: «San Julián Marías». ¿Quién iba a decirle a este santo que durante su existencia en la vida imperdurable habría de contribuir con su semilla a engendrar otro anticristo de la imbecilidad nacional: su propio hijo Javier Marías —el anticristo de Julián Marías?

Aunque usted, “agnóstico” Dani, tontería tras tontería, borbotonea unas cosas tan increíbles que ya el androide de Blade Runner quisiera para su extragaláctica recitación; cosas verdaderamente estupefacientes, incluso puestas en boca del niño de nuestra vecina. Así deja escrito: «A mí no me molestan las catedrales ni las iglesias y si entro en ellas es para admirar su belleza arquitectónica.» Bueno, ¿y qué? Porque díganos, ¿qué haría usted si le molestasen? Moléstenle o no, entra usted empero en ellas para admirar por lo visto su belleza arquitectónica, como si ésta floreciese ex nihilo en alguna nadería de la Nada; o también, espontánea e irracionalmente, al modo y manera como florecen las florecillas silvestres o los abrojos de cardales en los senderos. ¿Alguna vez se ha parado usted a reflexionar sobre la necesaria espiritualidad y sentimiento religioso que dan razón de tal admirable belleza? Al confundir, como confunde, dichos valores trascedentes con la afectación y la beatería no lo creo. Independientemente de que le resulten más o menos indiferentes —poco más o menos como a mí su indiferencia—, ello explica que vincule la beatería con los pasos de Semana Santa, de los que muchos, no todos precisamente creyentes, admiran su belleza, como usted la de las catedrales, a las que su místico cedazo laicista criba en cambio de beaterías.

Místicamente carcomido por la invocación de un sedicente agnosticismo, me lo imagino a usted a la puerta de su casa, entre pétalos y angustias, deshojando la margarita de sus confusiones: —«las catedrales sí, la imaginería de los pasos no...» Ante lo cual cumple volver a Ortega, quien decía que, «unido a un gran respeto y a un fervor hacia las ideas religiosas, hay en mí una suspicacia y una antipatía radicales hacia el misticismo, hacia el temperamento confusionario, que me impide encontrarle justificación dondequiera se presenta. Siempre me parece descubrir en él la intervención de la chifladura o de la mistificación.» Una vez más el delirio, el romano delirus de la estulticia al que antes me referí, por el que uno puede llegar a confundir, sin contorno de claridad mediante, el arte con la beatería; como en un juego de caprichos emancipado de razón, a asignar, a unas determinaciones del arte, belleza que admirar, mientras que manifestación de beatería a las otras. Pero, también lo recordaba Ortega en el mismo lugar («Arte de este mundo y del otro», 1911): el arte, del que no puede sustraerse el arte religioso —antes al contrario—, «no es un juego ni una actividad suntuaria: es más bien, como dice Schmarsow, una explicación habida entre el hombre y el mundo, una operación espiritual tan necesaria como la reacción religiosa o la reacción científica. Ante una serie de hechos artísticos pertenecientes a una época o a un pueblo, hay que preguntarse: ¿Qué última exigencia de su espíritu satisfizo aquella época, aquel pueblo, en esos productos?» Aunque no sólo el hecho artístico concluso, su producto, es susceptible de interrogaciones esenciales, mirado, si es que cabe —mejor diríase admirado o denostado—, desde la época preterida en la que aconteció su facticidad, su sernos precisamente hecho artístico; también la presencia sostenida en nuestro tiempo de la obra de arte religiosa exige interrogaciones esenciales.

¿Qué espíritu anima al hombre contemporáneo, náufrago del estruendo urbano, a ir en procesión, compañero silente del esqueleto meditabundo de La Canina: el esqueleto de la saeta filosófica de una filosofía de la vida cotidiana que incluye el sentimiento religioso?:

Malas puñalás le den
al escultor que te hizo
porque parece que quiso
que el “pensador de Rodén”,
echada la carne al guiso,
se quedara como ven.


¡Y tan cotidiana!:

Con el paro que está habiendo,
si alguna carne tuviera,
en la olla del cocido
a la Canina yo viera.


¿Que qué espíritu lo anima? Quizá el misterio en blanco sobre negro de una paradoxa pendulante al paso del sudario: Mors mortem superavit, la muerte que venció a la muerte. Una paradoxa de finales del siglo XVII, de esas sobre las que, apenas treinta años después, fijaría su pupila avizorada mi paisano Benito Jerónimo Feijoo en el Teatro crítico universal. Si algo ha de ser el cristianismo, si algo sustantivo fue y sigue siendo, es una cristalina redoma de paradojas: «¡Felices los que ahora sufren!»; felices, pues, los infelices. No se trata de la felicidad de la andorga. Ésa no es felicidad. No es lícito confundir la felicidad de espíritu con las satisfacción intestinal. Pero tampoco es, o no sólo es tampoco, como se pudiera pensar, una felicidad de otro mundo, pues hay en el presente quien sufre fraternalmente con los padecimientos del prójimo, asumiéndolos vivencialmente como los de un hermano, y sin remozarse intramuros del sufrimiento, logra alcanzar un cierto grado de felicidad proporcionando sopa y abrigo a quienes carecen de ellos.

Pero no todo hombre contemporáneo necesita sin embargo ir en procesión. También hay quien, cadáver de inanición espiritual ya antes de ser concebido, viene al mundo con todo deglutido y pensado. Válgame la heterodoxa memoria: recuerdo que, desde la confusión sin límites, una parienta aseguraba darle lo mismo los huevos de granja que los de corral, que, según ella, eran exactamente iguales. Pero más lista que el asno de Buridán, lo que no le daba lo mismo era dejar de comerlos. Éste, sin embargo, ahíto de indiferencia asnal, ante dos hatillos de paja exactamente iguales, perecería, como bien se sabe, empachado de su propia hambruna. Quizá, multilateralmente, una paradoxología certera, una antropológica paradoxología del porvenir, de haberla, acertase a dar razón de éstas y otras antinomias que por lo visto acompañan a su vez al hombre como si el hombre fuese el interminable paso de su veneración.

«Los pasos de Semana Santa me resultan completamente indiferentes, los veo como una manifestación de beatería pero estoy en contra de prohibirlos. Si la gente es feliz en una procesión, yo no soy quien para impedírselo.» Ya sólo faltaba que terciase usted ahora con una extemporánea y represora vocación de prohibirlos, cuando justamente la propia Constitución es la que los permite y respeta. En este punto colijo que su cacareada laicidad resulta opaca por demás, pues que declare no ser quien para impedir a “la gente” asistir a las procesiones en modo alguno supone que no se lo impidiese, si por usted fuese: “de ser quien” para hacerlo. ¿O es que tal vez se le olvidó decir, clara y rotundamente, que jamás lo impediría? La diferencia en la cláusula resulta obvia si se considera el núcleo moral de lo que en ella falta. Desde aquí al iconoclasmo del siglo octavo no hay más que unos pasos, y sólo medio pie a los fusilamientos miliaciano-laicistas del Cristo del Cerro de los Ángeles. Pero es que usted, que como ya hice notar constituye la apretada metáfora de tanto replicante por el estilo, no es más que un pseudo-agnóstico; vale decir, un gnóstico de la propia despensa, o si lo prefiere: un cuasi miliciano del siglo XXI disfrazado de agnóstico.

¿«Una manifestación de beatería» los pasos de Semana Santa? Confundiendo usted el agnosticismo con la increencia en Dios, se permite sentenciar como beatería, no la intención o fuero interno de un determinado fiel que va en procesión, del que por veraz conocimiento pudiera dar cuenta y razón, sino la totalidad de las intenciones de los fieles todos, las cuales, en juicio sumarísimo, irracionalmente califica —o descalifica— de beatas: a todas ellas, en un proceso de intenciones que hasta el más prosaico tribunal laicista rechazaría, entre otras razones, porque siendo mínimamente congruos, el único que por omnisciencia podría conocer la totalidad universal de las intenciones, Ése, precisa y justamente, sería Dios desde su eternidad; si bien ahora por lo que se ve, tan injusta como imprecisamente, también usted. Porque usted, Dani, dejándonos perplejos, es el agnóstico de la laicidad que ningún pudor tiene en exhibir una infradivina vocación de endiosamiento sub specie temporis. A Dios le ha salido un competidor, lo que al pronto me hace exclamar aquello de ¡cuídense, que anda suelto!

Ahora bien, esa vocación suya no es otra que la vocación articulada con la lógica característica de quienes, tomando el rábano por las hojas, patéticamente confunden al Creador con la creatura creada, y para mitigar su patetismo atribuyen a los católicos que van en procesión el tomar las imágenes —de los estandartes, los pasos, etc— por la realidad personal que simbolizan y representan. Una vocación tan vetusta que, hace ya un buen puñado de siglos, Pablo de Tarso acertó a sofaldarla, cuando refiriéndose a los que se ofuscan en sus razonamientos dejó escrito aquello de que «jactándose de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles.» Texto paulino, por cierto, que como anillo al dedo le va al índice de tantos jactanciosos premiados con esos comités de sabios ignorantes de las Bibianas, las Chochonas, los Jáureguis, las “Memorias históricas” del hispánico taifismo de las Españas y otros “laicos" subproductos del “agnosticismo” que nos están costando, ¡y sólo hay dos!, un ojo de la cara, material y espiritualmente cifrado en cinco millones de pobres de solemnidad, a los que la cínica desmoscopia de los políticamente correctos persiste en seguir llamando “desempleados”, cuando lo cierto es que, después de varios años en las colas del paro, nunca tanto empleo tuvieron en afanarse las basuras de los contenedores de los mismos que hoy se empeñan en impartir doctrina de “laico agnosticismo” precisamente ante los católicos de Cáritas. He ahí, hermanos, otra nueva paradoja.
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EN TORNO AL «ENTONTECIMIENTO POR INCREENCIA»
Tomar el estafermo por el “estar enfermo” suele ser quid pro quo común entre quienes habitan en perpetuo bucle la subterraneidad de sus propias galerías —donde todos los gatos son pardos. Pero el agnosticismo es cosa tan seria que a ningún carbonero debería permitírsele nombrarlo ni señalarlo sin previo enjuague de boca y manos. Entre la fe del carbonero y la de la teología negativa del agnóstico —que sin duda usted no es— existe toda una sucesión de fes innumerables, entre las que históricamente conviene destacar la que podríamos denominar fe intelectual, que no por intelectual es menos fe; y viceversa: que siéndola con efecto, en nada tiene por qué menoscabar el pensamiento más riguroso. Se trata de una instalación intelectual de temple y tendencia determinados en la que no sólo la fe ilumina la razón, sino además y sin posible mutua exclusión, en la que la luz de la razón ilumina cogitativamente el humano, a la vez que trascendente, fundamento de la propia fe de cada cual.

Nada nuevo, por lo demás, que no esté en la tradición más áurea del cristianismo. Así en San Agustín: «entiende para creer, cree para entender» (Intellige ut credas, crede ut intelligas); o en la fides quaerens intellectum de San Anselmo: la fe que busca justificación racional; principio éste que presidiría el pensamiento cristiano medieval y que llega a nuestro tiempo sólidamente establecido entre distintos pensadores contemporáneos, como Jacques Maritain, Gabriel Marcel, Xavier Zubiri, Jean Guitton, Emmanuel Mounier, Pedro Laín Entralgo, Julián Marías, etc., en los que la materia de sus fes resulta ininteligible al margen de la razón. Sin olvidar, por supuesto, a quien usted, Dani, no esperaba, y a quien —¡menudo agnosticismo el suyo!— ningún interés dice tener en escuchar: el autor de Fe, razón y universidad, el Papa Benedicto XVI; o de las reflexiones sobre la encíclica Fides et ratio de su antecesor en la cátedra de Pedro, Juan Pablo II, quien por cierto dejó bien claro en dicha encíclica que la fe como tal no es una filosofía: «La denominación [filosofía cristiana] es en sí misma legítima, pero no debe ser mal interpretada: con ella no se pretende aludir a una filosofía oficial de la Iglesia, puesto que la fe como tal no es una filosofía. Con este apelativo se quiere indicar más bien un modo de filosofar cristiano, una especulación filosófica concebida en unión vital con la fe. No se hace referencia simplemente, pues, a una filosofía hecha por filósofos cristianos, que en su investigación no han querido contradecir su fe. Hablando de filosofía cristiana se pretende abarcar todos los progresos importantes del pensamiento filosófico que no se hubieran realizado sin la aportación, directa o indirecta, de la fe cristiana.» Y mire usted que curioso: en las citadas reflexiones de Joseph Ratzinger, a la sazón todavía prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, se alude también a las víctimas, como usted, del «entontecimiento por increencia»; expresión que no es del actual Papa, sino de Jan Ross, según el entonces prefecto, autor «de un comentario a la encíclica [del Papa Juan Pablo II], que ha aparecido en el semanario alemán Die Zeit, en otras ocasiones más bien lejano a la Iglesia.» Pero yo, aplicando mi alícuota parte de razón, no pienso que se sea tonto por increencia, sino, como más arriba he dicho, por la gracia de Dios: E incluso estoy dispuesto a aceptar que acaso también por su des-gracia, como se colige de la lectura atenta de San Pablo.

Por lo visto, según Dani el agnóstico —metáfora suficiente, repito, de la estulticia celtibérica— no se «acaba de comprender que el hecho de ser agnóstico y defender la laicidad no significa prohibir las manifestaciones de culto.» ¿Pero que sabrá usted, hombre de Dios, qué es el agnosticismo? Tanto el filosófico como el teológico, en ninguno de los cuales, ni en el agnosticismo de la filosofía empirista, ni en el de la teología negativa, se le anonada a Dios, al estilo del ateo que, por encima, paradójicamente jamás ha conseguido desprenderse de Él. ¿Cómo va saberlo quien pretende sujetar al agnóstico con el oscurantismo penitenciario de la mano laicista, donde también todos los gatos del Universo son pardos? “Laico”, “laicismo”, “laicidad”, mandanga y mandinga. Pura erística y charlatanería. Quizá usted no lo sepa, pero estas florituras terminológicas a destiempo no hacen sino bendecirles a ustedes —“agnósticos defensores de la laicidad”, "laicos del laicismo” y “laicos de la laicidad”— con una herencia teológica de la que apenas quedó ya sombra en el Concilio de Trento. Por ello precisamente fue posible; en buena medida, además, merced a nuestros mejores teólogos del siglo XVI. Aquellos para los cuales, incluso don Luis Araquistáin, el cafre del socialismo marxista de Leviatán, no tuvo otro remedio que reconocerles la gravedad de su plomada teológica, que él mismo ubicaría en el punto más cenital del pensamiento español. Es decir, están ustedes, como muy pronto, en una escolanía mental del medievo. Y digo “ustedes” porque, si no me equivoco, anda y cavila usted en asociación de recíprocos auxilios, igual que los masones.
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“LO PÚBLICO” Y “LO PRIVADO”
No le diré que se expresa usted como un carabinero de la República, ya me gustaría; pero sí como un gestor administrativo que un buen día, en pleno tedio de declaraciones trimestrales, se topase deslumbrado por la taumaturgia de ciertos vocablos (“laicismo”, “laicidad”), y con el infantilismo mental propio del escolano que acaba de descubrir la panacea de dos palabras en el recreo, un infantil impulso le llevase a huronear por los foros de Internet para catequizar a los demás con la buena nueva de la “laicidad”. Por mí catequice usted cuanto quiera, pero cuando lo haga mormonee y sermonee donde corresponde: en su tiesto, además de no hacerlo contradictoriamente, con una reiterada y harto confusa doctrina entre “lo público” y “lo privado”. Una doctrina que le lleva a reconvenir a la autora del artículo con aquello de «que Desconoce que los lugares públicos son de todos los ciudadanos y por tanto no debe haber ningún signo religioso, como corresponde a un estado laico y a la pluralidad de la sociedad.» Añadiendo con su laica grosería: «Si ud. quiere rodearse de crucifijos y confesionarios, hágalo en su casa o monte una asociación privada.» Vamos, como si no sabiendo distinguir entre “lo público” y “lo privado”, Magdalena del Amo estuviese esperando al prepotente badulaque que es usted para que la instruyese en la distinción.

Su capacidad para la lógica, y con ello para la ética, resulta inaudita, al punto de que por ser paradigma de ellas, habría que elevarle a usted a la Hornacina de las Contradicciones, pues, si no leo mal, le «parece incongruente que haya colegios privados subvencionados con fondos públicos.» Dígame: ¿y qué son los partidos políticos y los sindicatos, o el mapamundi del clítoris y la cúpula neoconsocialista de Barceló, o la SGAE del Bautista no precisamente bíblico, o...? ¿Sabría usted decirnos si son públicos o privados? Dado que «los lugares públicos son de todos los ciudadanos», sentencia usted que «no debe haber ningún signo religioso, como corresponde a un estado laico y a la pluralidad de la sociedad.» Chueca, por ejemplo, ¿es un lugar público o privado? Si es público, ¿por qué no pueden manifestarse personas rodeadas, como dice usted, de crucifijos y confesionarios, y sí, en cambio, de penes y vaginas sintéticos? La Puerta del Sol, ¿es lugar público o privado? Si es público, ¿por qué no pueden manifestarse unas personas, mientras que otras, incluso transgrediendo la Ley electoral, sí? En congruencia con su inaudita doctrina, ¿no le parece a usted correcta y justa la cláusula «Si ud. quiere rodearse de penes y vaginas sintéticos, hágalo en su casa o monte una asociación privada»? O también, «si ud. quiere rodearse de pancartas y pegatinas contra las medidas educativas recientemente adoptadas por el gobierno autonómico de Madrid, hágalo en su casa o monte una asociación privada.»

Si los lugares públicos son de todos los ciudadanos, o todos los ciudadanos pueden manifestarse y exhibir sus signos —se entiende, sin delinquir— o, de lo contrario, ninguno. Aunque, por lo que entiendo, su doctrina da cabida a la exhibición, “en los lugares públicos”, de cualesquiera signos, con tal que estos no sean religiosos. Así las cosas no me cabe más que concluir que estamos ante un Procurador en Cortes travestido de laica lagarterana, pues al final va a resultar que los lugares públicos —las calles y las plazas, por ejemplo— no son de todos los ciudadanos, sino, únicamente, de todos los ciudadanos que a usted no le causan ideológico repelús. En esta tesitura, se puede sacar a pasear por nuestras calles la bandera criminal de la hoz y el martillo, pero no los crucifijos que sostienen espiritualmente la auténtica fe, humana y altruista, de quienes, día tras día, alimentan a las víctimas del neoconsocialismo que ya nada tienen que comer. ¿Y usted es quien dice que Magdalena del Amo manipula la realidad de manera vergonzosa? La realidad, señor, que es multilateral, nada tiene que ver con su monolateral y excluyente visión del mundo.

Por otra parte, la cuestión no es si se debe o no subvencionar la educación privada. Tampoco se trata de añadir, con falsas dicotomías, más zanjones a los no pocos acantilados sociales conseguidos por los “laicistas” que, probablemente, usted votó y seguirá votando, pues, como bien se puede leer en el refranero español, sarna con gusto no pica. Y mucho menos, la cuestión pasa por mantener una estéril polémica decimonónica sobre educación pública versus educación privada; menos cuando , como pueden y deben, ambos sistemas educativos coexisten social y civilizadamente. En cambio, puesto que tan una como la otra están subvencionadas, más bien se trata de saber qué nos da u ofrece la educación privada y que nos da u ofrece la educación pública. En cuanto a la privada, no debe ser tan poco rentable para nuestra sociedad cuando, paradójicamente, su pública demanda y públicos resultados son los que son, aun cuando seguramente no coinciden con los que usted, y cuantos respiran de la misma víscera que usted, desea que fuesen. Se trata, en rigor, de eco social, y de que este eco tenga receptores. Por eso, a priori, no puedo oponerme a que, por ejemplo, se subvencionen proyectos cinematográficos españoles. Faltaba más. Pero sí me opongo a que se tire nuestro dinero subvencionando películas que siempre tienen los mismos espectadores; que no muchos, ciertamente, aunque sí lo suficientemente estridentes como para que política y no culturalmente se les retire la subvención, porque una subvención públicamente irreversible sólo se “legitima” por privilegios y no, como debería, por justilegios.

Hasta la saciedad, alguien le ha dicho y redicho en parejo sentido que los colegios concertados salen, por encima, más baratos que los públicos. Pero usted, que no ve con los ojos ni oye con los oídos, sino que sólo atiende ortopédicamente a su propia y sectaria autoprogramación, ni oye ni ve; mejor dicho: ni desea oír ni desea ver nada que no se arrodille ante su perfecta y archiordenada cosmovisión de la sociedad. Por ello, todo cuanto no entre en la angostura de esos límites prefijados, usted, con su soberbia supuestamente democrática, lo arroja al contenedor de los desperdicios, tiznando los criterios heterodoxos con expresiones despectivas como las que ya he consignado.

¿No es el colmo que vaya usted, precisamente usted, repartiendo por la vida bulas y admoniciones? Es usted un primor, pues en verdad debe ser el primer “agnóstico” de la Historia que se permite hacerlo. “Laicista”, el segundo; puesto que en la carrera se le adelantó el sumo sacerdote de la imbecilidad: el seudo-Papa del PSOE de las JONS Gregorio Peces-Barba II (el primero, su padre, que comulgaba con las otras, dudo que pudiese hacerlo con éstas: las Juntas de Ofensiva Neocon Socilistas). Así no tiene usted ningún reparo en ir liberando esa doctrina suya con bulas a izquierda y admoniciones a derecha; esa más que positiva, impositiva concepción que, so pena de producirle cólicos de existencia, tan libérrimamente necesita excretar entre quienes no piensan lo que usted: —«Jota Eme, le contesto. Ud. como persona individual puede exhibir símbolos religiosos y salir a la calle aderezado con 100 crucifijos encima si se siente más feliz, pero un lugar público es de todos los ciudadanos y no debe haber símbolos religiosos identificativos.»

¿Pero quién se cree que es usted para decir a nadie qué es lo que puede exhibir o dejar de exhibir, para decidir sobre los aderezos con los que cada cual puede salir a la calle? ¿No es el colmo? Mire que tiene paciencia y corrección la buena gente, porque si en medios panfletarios como Público.es o el Plural.com alguien expresase en contrario sólo la cuarta parte de lo que usted en el referido artículo, ya los propios censores panfletarios se encargarían de actuar como a usted le gusta: “laicistamente”, cortando por lo sano. Sospecho que ha confundido usted un espacio destinado a los comentarios con un lugar donde poder sentar ejecutivamente sus exhortaciones gubernativas como un Ministro de Gobernación sin cartera. Quizá por ello, ha pretendido echar mano de la del prójimo, como si éste fuese todo él orégano e imbécil —como usted.

Siento gran admiración por los agnósticos auténticos, porque si con efecto son lo que deben ser —espíritus tan insatisfechos como respetuosos—, se podrá leer siempre en sus pupilas las palabras más humanamente eternas que el gran agnóstico del cristianismo, San Agustín, legó a la posteridad: «Busquemos como buscan los que aún no han encontrado, y encontremos como encuentran los que aún han de buscar.» También yo creo que encuentran, y no sin razón, sólo quienes verdaderamente buscan: la verdad del buscar es la razón del que encuentra. Pero pagado de sí mismo, usted, mi amigo, es un alma satisfecha, un alma hastiada que ya todo lo han encontrado.

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R. Malestar Rodríguez
rmalestar@gmail.com
(29/09/11)

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1 comentarios:

Flor de Invierno escribió:

La palabra cretino viene del frances significando cristiano...cristianos de estos fanáticos y descerebrados que besarian de rodillas para el resto de su vida los anillos papales con tal de no tener que darse de bruces con alguna VERDAD QUE DERRRUMBE SU MUNDO DE ALGODÓN. Cretinos perfectamente esteriles.

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